¿Puede el amor platónico e imposible provocar paranoias?
¿Es una pérdida de tiempo adorar a alguien en silencio?
Último día del mes. Pero yo no me levanto nunca recordando qué día es en el mes. Pienso antes en qué día de la semana es. Cuando llego al trabajo, recuerdo que además, es día de cobro. En mi trabajo se cobra el día 31. Mi contrato vencerá en Septiembre. Entonces, será cuando tengamos que firmar los dos en un mismo papel. Él me contratará. Firmará, por un lado. Más tarde, firmaré yo, por mi cuenta. No firmaremos el uno frente al otro, como a mí me gustaría.
Me levanté tras un sueño en el que me cortaban los cabellos (con un estilo bastante horrendo), con una sensación de disgusto, no sé bien si por el corte tan salvaje que me había hecho la onírica peluquera, o más bien por la pereza propia de tener que levantarse estando tan a gusto en la cama.
Veinte minutos para desayunar, ser persona y vestirme. Pasado el momento crítico de decidir entre tostadas o fruta, vencieron, como siempre, las tostadas con aceite y miel. Nescafé muy negro, con azúcar muy blanca. Carrerita alejándome del microondas, para evitar posibles radiaciones… Las noticias, el Tiempo, y “esta soy yo… y esta soy yo con 3.000 euros más”. Hasta ahí, todo normal. Rutina a más no poder, aunque esta rutina me hace sentir segura.
Busco el silencio de mi cocina, tratando de poner cara de espanto a mi madre cuando entra hablando como si en lugar de una pobre muchacha recién levantada, en pijama, de piel grasa y gafas pegadas con el pelo caido, estuviera ante una multitud de sordos. Se va. Miro el reloj cada dos minutos, porque me he levantado, de nuevo, con la hora pegada.
Viaje al trabajo, sola en mi Ford de hace nueve años, con 140.000 kilómetros. El color plateado ni se ve, de la suciedad que ha acumulado con los chubascos primaverales de estos dos últimos días. Aparto la mugre del parabrisas, sintonizo la radio. ¿COPE? Ni de coña. ¿M80? La dejo. Pablo Motos y sus compañeros me sacan unas cuantas sonrisas, incluso leves carcajadas.
Aparco, llego 20 minutos tarde al trabajo. Pero, ¿qué importa eso? No sé si he contado antes que trabajo en un entorno pseudo-funcionarial, donde los puestos de trabajo están tan atados a sus dueños como una noria al borrico que la arrastra. Jamás serán despedidos por llegar tarde, por ser lentos, por ser incompetentes, por gritar, por quejarse, o por escaquearse, por fingir baja médica… Estos son sólo algunos de los motivos que he contabilizado, por los cuales en mi lugar de trabajo, NO despiden a nadie. Me pregunto qué habrá que hacer entonces. Quizás, intento de asesinato al jefe, sea considerado un motivo más “consistente” que los anteriores. Espero vivir para verlo.
Todo está viejo. Todo está gastado. El suelo resbala de tantos pasos que ha soportado. Las paredes tienen tanto polvo acumulado que las moscas no pueden pegarse, se deslizan. Hay huecos donde antes hubo cuadros. Hay olor a años gastados.
Empiezo el día con el propósito de centrarme en mis tareas. Sólo en ellas. En nada más. En ninguna persona, en ningún ser humano ni semoviente.
Pero me lo pone muy difícil. Mi cabeza gira sola, cuando se detiene en un punto de la estancia, a las afueras del alcance de mi vista, donde puedo verlo todo disimuladamente, sin que se note que estoy atenta a sus movimientos. Su recorrido diario pasa por delante de la puerta negra de mi despacho. No es alto, incluso yo con tacones le superaría en estatura. No es hombre de imponer con su presencia. Pero impone con su voz y sus palabras. A mí me imponen sus ojos, más que otra cosa.
Dejémonos de poesía. Imaginad: la persona que os hace saltar el corazón y arrastraros de rodillas mentalmente ante su mirada, pidiendo perdón por ser un obstáculo entre sus pupilas y el resto del planeta; esa persona, que os venció con su voz a la segunda frase que os dijo cuando le conocísteis. Esa persona en cuyas cuerdas vocales, frases tales como “fotocopie esto”, o “rectifique aquello” resuenan como el canto de un salmo a los dioses de la vida en una catedral sita al borde del fin del mundo. Ese ser al que sabeis que no diríais que no, bajo ningún concepto, y que os haría dudar de todas las cosas que creíais seguras en vuestro interior. Pues eso. Imaginadla.
Esa persona, hoy, me vio llegar desde el fondo del pasillo. En la jerarquía de mi lugar de trabajo, la distancia entre su puesto y el mío es inconmensurable. Incontable. Normalmente, esta persona me ha “ignorado” o tenido en cuenta simplemente como un “recurso humano” más de la “empresa”. Pero, últimamente, he notado ciertos comportamientos un tanto “simpáticos”.
Como decía. Él me vio acercarme desde el fondo del pasillo. Él estaba en un departamento, hablando con otros compañeros. Le vi asomarse al pasillo. Nos vimos. Él retornó hacia su conversación. Yo miré hacia otro lado, jugando con un bolsito que en ese momento llevaba en las manos (el monederito para guardar los tampax, que de eso venía yo), y seguí hacia delante. Sin dudar. Pensé en la desafortunada elección de mi vestuario para este día. Pero es la ley de Murphy, cuando peor te vistes, es cuando más contactos tienes con la gente a la que desearías impresionar con tu fondo de armario). Metí michelín hacia adentro. Mi intención era pasar por delante de la puerta sin mirar siquiera hacia adentro. Pero, para infarto y dolor de mis arterias, él estaba en la puerta, esperó a que yo pasara, me miró, abrió sus labios (sagrados, perfectos, únicos, magnánimos), incluso yo diría que dudó entre saludarme él primero o dejar que yo articulara palabra, y mirándome a los ojos dijo “buenos dias”, con su acento castellano perfecto, prístino, impoluto, correcto. Dos palabras. La duración exacta. Ni un segundo más habría sido necesario para desear educadamente buenos días a una pobre petarda de la oficina.
Sonó un piano en mi cabeza. No me impidió responder. Mi “buenos días” sonó jovial y lleno de despreocupación. Aunque mi mayor deseo habría sido pararme, detenerme ante él, mirarle con cariño, y decirle “buenos días”, para que se diera cuenta de que me afecta. ¡¡Maldita sea!! ¡Usted me afecta, ¿lo entiende?!
Mi acento no es castellano. Es andaluz, es menos perfecto, es seco y no hay la letra “s” al final de “buenos”, ni al final de “dias”. Mi buenos dias es una especie de “Buenoh díah”.
Mi leve sonrisa, actuada en el papel de una empleada competente y alegre no es más que el triste resultado del miedo. Burdos intentos de olvidarle. Burdos ensayos.
Me asusté mucho. Me asusté porque mi intuición me está engañando y me está haciendo pensar cosas que jamás podrían ser. Me está haciendo ver obras de teatro que no existen, ella las escribe para mí.
Ese “momentazo” del día. Unido a otros detalles que se atan en mis neuronas. Cabos sueltos, de la barca que se pierde ante desesperación de quien se ahoga en las aguas de lo inalcanzable. Nudos que hace mi mente, arrojada al suelo de mi soledad interior, en camisón, princesa desgreñada que busca, enloquecida, hilos de sentido común, para remendar los agujeros que estas ideas provocan en mi razón.
Usted me ha dicho buenos días. Usted se detiene a menudo ante la puerta de mi despacho, a unos cuatro o cinco metros de distancia, donde no le puedo oír. Usted tiene una gran sala en la que detenerse a parlamentar con el resto de hombres, trajeados y de buen porte, pero elige siempre para detenerse el punto del linóleo en el que parar sus bonitos y caros zapatos, que por cierto yo arrojaría gustosa por la ventana uno detrás de otro sólo para tener el gusto de escucharle gritarme (al menos, vería cómo es usted sintiendo algo, el enfado, hacia mí); usted se detiene como casualmente, se para, le veo, veo su espalda y su presencia me impide continuar. Usted no sabe que va a acabar conmigo. Usted siempre mira a mi puerta cuando pasa por delante, aunque lo haga corriendo. Le veo por el rabillo del ojo. Usted siempre aparece en mi campo de visión.
Pero no tiene ni idea de nada de esto.
Y así espero que siga siendo.
¿.... cuando nos vayamos de aquí?
Hoy estuve junto al mar. En una playa realmente preciosa, de aguas muy limpias y cristalinas. Ni tan siquiera las nubes han conseguido restarle poder a la imagen de las olas rompiendo ante nosotros, los que estábamos allí. Cuando estoy en una playa es cuando más me siento arrojada en este mundo, son los instantes en los que más percibo que mi peso es leve, sobre un trozo de tierra que se adentra en esa gran extensión de agua y continúa siendo tierra bajo las aguas que se mueven mientras tanto para distraer la mente de los pensamientos acerca de nuestra temporalidad, nuestra provisionalidad.
Es una sensación agradable, al menos, para mí lo es, la de sentirse pequeño y dejado caer sobre un trozo de tierra. A la vez, me gusta visualizar al planeta como la gran roca que da vueltas flotando en la nada, y que quienes estamos tumbados en ese momento sobre la tierra, sin muebles ni artificios de por medio, piel de espalda contra el suelo, estamos "pegados", magnetizados a este guijarro espacial, suspendidos de él, estando realmente adheridos a un techo, porque hacia el frente sólo hay vacío y todo es hacia abajo. Todas las direcciones llevan a lugares distintos, pero todos lo que estamos tumbados en esos momentos si nos despegásemos, caeríamos en todas direcciones.
Eso he vuelto a sentir. Llega el verano y con él, el mar.
Que nadie que tenga la oportunidad de pasar tiempo libre junto al mar la desaproveche.
Hablemos de cuando esperamos que nos reconozcan el esfuerzo, que alguien del entorno nos mire, un instante, sólo por un leve momento, y sus ojos nos transmitan el conocimiento de que estamos haciendo todo lo posible.
Hoy ha sido uno de esos dias que se repiten: me levanto esperanzada, ilusionada por recompensarme a mí misma con el buen hacer de las cosas. Llego a mi lugar de trabajo, que para mí es mi segunda casa. Desde siempre lo fue, aunque yo no lo supe hasta ahora. A pesar de haber respirado su ambiente muy de niña, de haber escrito algunas de mis primeras palabras en sus máquinas y sobre sus mesas. No lo supe. Pero es un hecho que cada día vivo allí. Que mi vida está dividida en dos fracciones de tiempo paralelas: la vida en la oficina y la vida en el hogar.
Prosigo: Me levanto esperanzada, pensando que por querer devorar el mundo y solucionar todos los problemas que me vengan, lo lograré. Pero no sólo eso. Yo además me permito el atrevimiento de levantarme pensando que alguien que me importa, alguien cuya mente para mí es una selva inexplorada y cuyo deber es juzgar mi trabajo (si desea hacer bien el suyo), valore un poco más mis esfuerzos por mejorar.
Entonces, cuando más subida estoy en la motaña rusa que lleva a mis castillos en el aire, toco cima y caigo en picado. Porque veo que las metas profesionales se tornan lejanas a mi alrededor. Que vivo en un entorno, no sólo medianamente machista, sino además, gobernado por una actitud retrógrada donde no caben ideas de cambio ni innovaciones.
Cada vez que levanto un papel, es para encontrarme un nuevo problema. Hoy fui consciente (ya era hora, por otro lado, después de más de un año trabajando ahí, y después de otros tres trabajando en distintos lugares) de que mi trabajo no es un “trabajo”, es un continuo e infinito “resolver problemas”. Así que ahora intentaré enfocarlo todo de otra forma. Basta de idealismos. Mi trabajo consiste, entonces, si no lo he entendido mal, en esperarme un problema detrás de otro, ignorar la causa de los mismos (que casi siempre, o al menos, en un alto porcentaje de los casos, se debe a la incompetencia de otras personas y al afán de no gastar más dinero en recursos humanos para la empresa), y “parchear” los errores de los demás, haciendo malabarismos al mismo tiempo para no cometer yo ningún error.
Tengo un compañero, muy bien pagado de sí mismo (y de los jefes) gran vendedor de sus escasísimas cualidades intelectivas e intelectuales, que a base de lavar el cerebro a los jefes, se ha procurado un puesto bien remunerado. No sólo ha logrado, con su talento lingüístico cobrar más que yo haciendo el mismo puesto de trabajo y sin tener más estudios que el COU (cuando yo tengo una licenciatura), lo cual me resulta bastante discriminatorio (cuestión que no quiero denunciar por tratarse de una empresa en la que a los compañeros nos une una relación de “cuasi-parentesco”.
Entonces, le miro a él y me miro a mí misma. Pienso que, ¿para qué me voy a comparar con otra persona de menos preparación que yo, que no ha estado puteado como yo ocho años entre Universidad y trabajos de becario? Pienso que, ¿para qué voy a tener en cuenta que su imagen es pulcra y perfecta y que yo tengo una imagen dentro de lo que mi economía y mi físico me pueden permitir? Pienso además, que, ¿para qué enfadarme porque el entorno jurídico en que me muevo es eminentemente machista y que los grandes negocios y cosas de importancia se le asignan a empleados hombres, a pesar de mi preparación profesional?
Y de tanto pensar en no hacer nada de esto, acabo pensando otra cosa: ¿Estaré haciendo el gilipollas aquí? Si no fuera porque necesito ahorrar más y porque aún necesito unas cuantas tablas, me largaría y me montaría mi propia empresa.
Por ello, he decidido prepararme aún más, académicamente, no se me ocurre otra alternativa en la que gastar mis energías, mientras aguanto un entorno de incultura generalizada y de falta de respeto hacia el trabajo de los demás.
Con independencia de mis pájaros en la cabeza y elucubraciones de corte sentimental. Con independencia de mi admiración e inexplicable atracción por cierta persona a la que veo unos 30 segundos al día, de pasada… Sus ojos llenan esos treinta segundos. Me basta para, aun sabiendo que no sirve de nada y que son solo treinta segundos de fantasía, tener al menos una visión dulce a lo largo de la jornada. Un bálsamo para la vista cansada; un mar sereno para el cuerpo cansado que se deja caer agotado en las dunas de papel y arenas de goma de borrar.
Con independencia de todo eso, creo que debo pensar más seriamente en qué quiero y por qué no lo tengo ya. Y si hay una sola posibilidad de tenerlo por mis propios medios, centrarme en ello, apartando cualquier otra idea que conduzca a la derrota o a la dejadez.
Sé que soy muy difusa, no concreto los hechos. Es por miedo. Miedo porque no quisiera perder mi anonimato. Ni ante esta persona. Ni aquí, ante vosotros.
Hay algo peor que no dormir: no dormir pensando que no puedes dormir por culpa del trabajo.
Las ojeras hasta los pies. No podía esperarse otra cosa, después de dormir cinco horas, de las cuales, las dos ultimas han consistido en pesadillas sobre el trabajo, sobre la entrega a tiempo de ciertos documentos, sobre ese fax que nunca llega...
No soy persona. Soy máquina con poca gasolina, delante del ordenador. Lo que más me ha gustado de este día ha sido ir al trabajo (voluntariamente), dos horas antes de lo obligado (voluntariamente), para realizar una serie de tareas (en contra de mi voluntad), que al final ¡¡no han servido para nada!!! Bueno (te dice el subconsciente antes de que te avalances contra la mesa y lo mandes todo a la m...) te queda el consuelo de que "mira, pues ya lo tienes hecho".
No.
No es consuelo. Ese "ya lo tienes hecho" podría haber sido igual durmiendo las dos horas que me he quitado, arriesgando con ello mi salud mental. Una persona estresada jamás debería ser privada de un sólo minuto de su sueño. Es como atravesar un puente de cuerdas con una botella de nitroglicerina en lo alto de la cabeza después de haberse lavado el pelo y puesto acondicionador Loreal porque yo lo valgo. Es peligroso.
Tras la excelente noticia de que mis dos horas de filantropica obra laboral no han sido útiles en definitiva, para nada, decido seguir el día adelante. Hasta que, de los labios de la encantadora recepcionista de mi oficina, recibo la buena nueva: "tu compañera XX, no viene, está enferma"
-Oh, pero qué lastima- digo yo. "Menos mal que se ha puesto justo enferma al terminar su viaje de vacaciones de puente. Gracias a dios, no le ha dado la tos en medio del viaje, ufff. menos mal que tampoco se sintió mal cuando abandonó el viernes dos horas antes su puesto de trabajo para irse", pienso. Soy blancanieves. Soy blancanieves y no tengo resentimientos en mi corazón. Soy blancanieves y no soy el cazador que le arrancó el corazón al ciervo. Por favor, enanos, dejadme tranquila un rato, que soy blancanieves, y contestad mi teléfono mientras amplío mi espacio neuronal para asimilar que mis tareas de hoy se han duplicado automáticamente, como si la bruja Samantha hubiera movido la naricilla y se hubieran aparecido las obligaciones con un ruidiito como "triii lin triii lin!!!! Chin chin!!"
Cuando a las 10:00 ya llevo dos horas dando el callo, resulta que aparece el dios de dioses, aquél cuya palabra jamás será fea ni malinterpretada, aquél cuya presencia todo lo paraliza... Se digna a pronunciar mi modesto nombre y hasta osa pisar el suelo que rellena mi espacio vital para decirme algo así como... "tenemos trabajo atrasado, haga esto... haga lo otro... tenemos que .... etc etc."
Por un momento, se cruzó en mi mente la rebelde idea de "dialogar" y "responder" a sus palabras. Pero, mi cuerpo puso en funcionamiento ese mecanismo de "economía salival" que te hace, tal y como su concepto indica, ahorrarte la saliva porque digas lo que digas, no vas a parecer mejor trabajadora, ni más preparada, ni más competente, por decirle que tienes muchas tareas, sobre todo ahora que un "pseudo-resfriado-vacacional" ataca a tu compañera de mesa, y que tus tareas han sido agraciadas con el doble de sí mismas. Más bien al contrario: decido ser sumisa, una "soldada" y asiento (señor, si señor, lo que usted diga señor, es usted la octava maravilla y lo que diga usted yo lo hago pero ya, o sea, ya de ahora, pero sin pensarlo, vamos, sin ni siquiera repetir sus palabras en mi mente, para ahorrar tiempo, su tiempo que vale más que cualquiera, pero mucho más).
Y ahí queda la cosa. Al final, la mañana ha transcurrido en Defcon 3, o sea, mi organismo no ha llegado a Defcon 1, con lo cual puedo decir que la mañana ha sido solo agitada, que estoy hecha polvo y que ya me tengo que ir de vuelta al mismo sitio.
¿Por qué no llueve esta tarde, ya que de todos modos no puedo ir a la playa? Así la gente se queda en sus casas un rato y me dan tiempo para trabajar un poco más.
Mi petición del día: por favor, Dios de los empleados de oficina: que ese señor al que tan mal le olía hoy el aliento,no vuelva más. Y si lo hace:
a) que yo esté resfriada y no huela nada.. (aunque casi peor,porque tendré que respirar por la boca). b) y si no, que haya mucha gente entre él y mi mesa para que no me llegue el tufillo a saliva caducada.
Aunque sea tarde...
Sí, es la primera anotación. Por si hay alguien que haya visto en la tele cuando hablaban de esta página web, sí, yo también he picado. Y me parece una idea fenomenal. Como es bastante tarde para mí, que debo entregarme a mi divertido trabajo desde las 8 de la mañana, por lo que debería dormir algo, aunque solo fuera para no tener ojeras además de sueño, no voy a anotar nada. Ya me explayaré a gusto en los próximos días.
Un saludo a todos.